Tal vez no haya nada como tocar un cuerpo. No hay herida en el placer, acaso palabras para la fugacidad y la duración, el auxilio de una presencia conmovedora que llega desde la materia ancestral de lo que llamamos sagrado; luz oscura, eso hay, sombras detrás de los árboles. Un cuerpo es un libro, leerlo es asunto relacionado con las densas músicas del deseo. Luego el amor elige sus máscaras, hace ver al ciego, alumbra la travesía de sus náufragos. Lo que sabemos es aire, una retórica de la mirada sobre las rosas pútridas, una complicidad con el acabamiento.
Entra entonces la noche, entra la belleza en su único peligro, seda y esparto, espejos de lo mismo. De poco vale el oro puntual, la quietud del detalle, la página del acontecer; amar es huida, un espejo para la semejanza de los audaces. Nunca error, sino juventud de los orígenes; nunca distancia, sino proximidad en la separación. Así el matrimoniaje entre la poesía y la seducción, un énfasis en lo secreto, una atmósfera radicalmente opuesta a la memez romántica de la realidad.
Tulio Mendoza desconstruye la apariencia de los opuestos, y en eso consiste el género de la contemplación, el oficio del solitario que cambia de sitio la sintaxis de lo previsto. Su hacer, su sed de lo otro, es ausencia, pero una ausencia visible, retrocedida, portátil como las lámparas que iluminan la verdad contra la alcoba única del miedo. Contra el miedo a desear está escrito este libro, contra el teorema vulgar de lo demostrable, contra las trampas del ojo embustero del saber donde siempre suena la flauta de lo consciente.
Desobecer el teatro polvoriento de las ritualizaciones, acariciar las duda entre el tu y el yo con los dedos usurpados al demonio arqueológico de los bienpensantes, saciar la pregunta. Los poemas de este libro de Tulio son las huellas de lo plural, sueños sin jaula, pájaros en fuga de las redes del anillador del deseo.
No existe otro enemigo del cuerpo que la moral mentirosa que lo niega, la que borra su diferencia única e irrepetible del paraíso de los diálogos. Habla esta poesía desde los escándalos del insomnio, es decir, desde la disidencia y su dicha, habla su celebración desde la ética del encuentro, desde la lucidez irrefrenable de su amistad con las desnudas tempestades del arte. Verdad y belleza, la casa del habitante imaginario y más solar de la noche, el poeta, ese individuo entre individuos, zumbándole en la oreja a las estrellas. Tulio Mendoza ha puesto voz a los personajes del cine mudo de la vida, él mismo se ha convertido en memoria de otros cuerpos, en el exacto azar de ese resplandor armónico que son sus poemas, las sílabas que EN TU HERMOSA MATERIA cantan invencibles ya sobre la muerte.
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PALABRAS DE JUAN CARLOS MESTRE
[pp.67-68]
Amigo TULIO, solo una cosa no hay es el olvido, escribió Borges, el prodigioso ciego huésped de Babel. Bien quisiera estar hoy ahí contigo, en esa asamblea de ángeles impuros y amigos que te celebran. Así que estoy, como lo he estado siempre a la izquierda de tu corazón, en el acero inolvidable de aquellos años en que la fundación de tu amistad me salvó, nos salvó a todos, de la precariedad y la diáspora y su ominoso silencio. Tulio era la lámpara, Tulio era la casa de huéspedes de todos los náufragos, Tulio era en aquella oscuridad el sastre de las mariposas, el muchacho que escribía con tiza en la pizarra del cielo la fórmula de la nieve. Yo no recuerdo a Tulio, yo vivo en Tulio como vive lo imprescindible, lo que es digno, lo que sana y es aire de imaginación en la conciencia perdurable de la libertad de los hombres. Yo he venido a darle las gracias, es decir a recordar por si hiciera falta, que Tulio es la necesidad, el fervor de lo generoso, la casa abierta de la poesía. Con él aprendí a sonreír en época de lágrimas, aprender a ser libres -escribió Cervantes- es aprender a sonreír, y él fue la biblioteca de esa emoción en las largas noches en que ardían los libros. Si recuerdo a Tulio, si nublado ahora por las lágrimas, le mando el abrazo de relámpagos que no tiene a esta hora el cielo de Madrid, es porque todas las noches futuras del mundo se parecerán para siempre a aquellas otras noches del Nuria, nuestra iglesia de los ratones celestes, a aquellas otras noches en el Taller de la Cascada, cerca de los pájaros del llanto, la logia de los ebrios en la Sociedad de los mágicos del Lorenzo Arenas, de la casa de Angol, del Rincón Campesino, la patria que era entonces el jardín de Margarita Kurt y su cedrón sagrado, el patriarca Jorge Mendoza y sus dedos de piano sobre las teclas blancas de la eternidad. Tulio hacía que todo fuera posible, que amaneciera en medio de la noche, que saliera el sol azul de los videntes los días nublados. Con él celebramos el cumpleaños de los árboles, con él conspiramos contra la mediocridad de la muerte, junto a él desobedecimos los decretos que injurian la dignidad de los hombres. Tulio nos enseñó otro evangelio, el de la violetas y los ríos que desembocan en la memoria de lo bello. Porque si la belleza es verdad y la verdad es belleza, Tulio fue la verdad en medio de la gran mentira de aquel siglo que terminaba. Su poesía era la llave que abría las puertas, el pañuelo de los desesperados, la sábana con estrellas de los amantes. Querido Tulio, eso es la poesía, lo que eres tú y lo que fuiste y lo que seguirás siendo, palabras civiles para después del tiempo, palabras para la memoria del universo. Yo te abrazo, yo te traigo un collar de ruiseñores y peces de colores enhebrados por el arco iris, yo pongo ahora, como homenaje, en tus manos, la palabra más bella, la más imprescindible, la que una vez me diste y guardaré siempre, mi idolatrado poeta, como único tesoro. Aquí está, tiene cinco letras, es la mejor que tengo: AMIGO.
JUAN CARLOS MESTRE
Poeta y artista plástico español Premio "Jaime Gil de Biedma"
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