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BREVE RESEÑA BIOBIBLIOGRÁFICA
Fernando González-Urízar [Bulnes, 1922- Santiago, 2003]. Voz señera, inconfundible y aparte en la gran poesía de Chile e Hispanoamérica. Desde La eternidad esquiva (1957) hasta el libro póstumo Pasión de los signos (2003), treinta obras distinguidas con altos lauros nacionales e internacionales, jalonaron su lírico quehacer y ameritaron su reiterada nominación para recibir el Premio Nacional de Literatura, galardón que, como a tantos otros valiosos escritores, le fue esquivo.
El poeta, de rigor y belleza ejemplares, nació en Bulnes (Chile), el 30 de Mayo de 1922. Estudios de Arquitectura y Derecho. Durante los años 1961 y 1962, presidió la Asociación Chilena de Escritores. Viajó extensamente por América Latina, Estados Unidos, Europa, Asia y Oriente Medio. En 1967, permaneció como poeta residente en la Universidad de California, Sede Los Angeles.
En 1947, obtuvo el Primer Premio de Poesía de la Federación de Estudiantes de Chile. En 1952, el Premio de Teatro Nacional para Autores No Estrenados. En 1956, el Primer Premio de Poesía de la Unión de Escritores Americanos. En 1960, fue distinguido en el Primer Certamen de la Casa de las Américas de La Habana (Cuba).
Seis Premios Nacionales de Chile han honrado su obra: Pablo Neruda, Juvencio Valle, Hernán del Solar, Angel Cruchaga Santa María, Miguel Arteche y Alfonso Calderón, por no mencionar otros nombres como los de Juan Guzmán Cruchaga y María Luisa Bombal.
En 1970, el Instituto de Cultura Hispánica de Madrid, otorgó a su libro Los signos del cielo, el Premio Internacional de Poesía Leopoldo Panero. El Jurado estuvo presidido por Dámaso Alonso y lo integraron, entre otros, los destacados escritores, Gregorio Marañón y Luis Rosales. Es el único chileno que lo ha obtenido hasta la fecha. Con anterioridad, el poeta obtuvo importantes premios en Argentina, Cuba y Venezuela.
En Chile, la casi totalidad de su obra fue distinguida con valiosas recompensas literarias, entre las que cabe destacar los Premios Municipales de Poesía de la Ciudad de Santiago, obtenidos por sus libros La eternidad esquiva, Nudo ciego, Domingo de pájaros y Sabiduría de la luz, en los años 1958, 1977, 1978 y 1982, respectivamente; el Premio Pedro de Oña 1962, por su libro Las nubes y los años; el Premio Jerórimo Lagos Lisboa 1966, por su libro Los sueños terrestres y el Premio Academia Chilena de la Lengua en 1977, por su libro Nudo ciego.
Individuo de Número de la Academia Chilena de la Lengua, de la que fue su Censor, y Miembro Correspondiente de la Real Academia Española de la Lengua, ejerció durante años y hasta 1983, la Vicepresidencia de la Sociedad de Escritores de Chile (SECH). Fue, además, Presidente de Honor del Ateneo de Santiago, entidad que fundó y dirigió hasta 1989.
En 1979 recibió el Premio Martín Buber en reconocimiento a su aporte lírico al pueblo de Israel.
En 1982, en Concepción, el poeta Tulio Mendoza Belio, funda el Taller Literario “Fernando González-Urízar”, como un homenaje en vida al poeta.
La Municipalidad de Santiago y la Fundación Premio Nobel "Gabriela Mistral", le confirieron la Medalla al Mérito Literario, en abril de 1995, y las ciudades de Bulnes y Chillán, lo declararon Hijo Ilustre en el mes de junio de dicho año.
En el año 2002, obtuvo, en su primera versión, el Premio Regional “Baldomero Lillo” de las Artes Literarias, otorgado por la Intendencia de la Octava Región del Bío-Bío.
Su nombre y obras -en su idioma original o en diversas traducciones al inglés, alemán, francés, polaco, ruso, checo, rumano, chino, hebreo, italiano, sueco, etc.- figuran en numerosas revistas literarias y antologías poéticas, ensayos y monografías sobre írica chilena y poesía como actividad preferente.
Fernando González-Urízar falleció en Santiago, en la madrugada del domingo 20 de julio de 2003.
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El poeta Fernando González-Urízar (1922-2003), en la Biblioteca que lleva su nombre en el Liceo de Bulnes (1995, con motivo de ser nombrado Hijo Ilustre). Foto de Tulio Mendoza Belio.
Los poemas que aparecen a continuación, son los que figuran grabados en la voz del poeta en el CD Fernando González-Urízar: Palabra de poeta.
1. ¡Chillán, Chillán, tan lejos! [4:03]
2. Amiga, sola amiga [3:56]
3. Francisca Urízar [6:31]
4. Regreso [1:51]
5. Llanto por el hermano solo [10:44]
6. Viéndote callar [1:22]
7. Salida del sueño [1:01]
8. Abeja sola [2:57]
9. El anillo [10:01]
10.A quien incumba [3:00]
11. Llanto por el hermano solo (cantata) [20:40]
¡CHILLÁN, CHILLÁN, TAN LEJOS!¡
Del Ñuble al Diguillín hasta el Itata,
¡Chillán, Chillán, tan lejos!
Recuerdo tu ola intacta
de pasto en llamas solas floreciendo,
el kiosco y los laureles de la plaza,
mis ojos en la noche
y el ciruelo,
¡Chillán, Chillán,
tu gracia
de vastedad, perfume solitario!
Qué polvareda azul cae del tiempo
cuando remezco tu árbol,
¡Chillán, Chillán, tan lejos!
La sangre de mi infancia se ha quemado
entre tu verde lámpara,
mis sueños
en tu avellano puro.
¡Oh, tu agonía,
Chillán, Chillán del viento,
Chillán de la magnolia
resonando
en aquel hondo pozo de luciérnagas!
El dedo de don Diego de la Noche
toca mi corazón,
¡Chillán, Chillán, tan lejos!
Tengo tu nombre inscrito en la raíz
del álamo,
Chillán de la madera.
La negra espina de Quinchamalí
se hunde en tu harina con olor
a menta.
A veces una abeja dolorosa
por las veredas del matico viene.
Como un sollozo ardiendo
en la garganta
su ola de sal me deja.
A lavarse en los grifos de mi casa
la dulce luna del Mercado viene,
¡Chillán, Chillán, tan lejos!
¿Qué piano solo y puro cantaba
entre la lluvia,
qué sonata de plumas insomnes,
qué taladro,
qué ardiente luz en tus postigos
crece,
qué candelabro en llamas
por el aire?
¡Santo Domingo!: nube,
golondrina,
palma sagrada, escarcha santiguada.
Un moscardón azul de oro macizo
vuela por los pastales de Lumaco,
¡Chillán, Chillán, tan lejos!
Me ha vuelto soledoso
la primavera ardiendo en los cerezos.
¡Chillán, Chillán, tan hondo
de orégano tu viento,
de toronjil bajo el rocío,
de callana en el fuego
con la humedad llovida del cereal
amontonado en los andenes.
Alfarería con sabor a lágrima
o a miel o a almendra,
¡Chillán, Chillán, tan lejos!
Por un sendero antiguo de Recinto
desando yo las piedras.
¡Oh, luz perdida entre tu cielo límpido,
¡Chillán, Chillán,
se me quedó en el pecho
vibrando tu campana
inacabable
junto a la ortiga y el raudal,
tan lejos!
Quiero volver al Diguillín ahora.
Morder el toronjil. En la tiniebla
beber la noche:
el corazón oscuro
vellón de soledad hacia la muerte.
Del Ñuble al Diguillín hasta el Itata,
¡Chillán, Chillán, tan lejos!
AMIGA, SOLA AMIGA
Amiga, sola amiga, perfume, flor primera,
¡no es verdad tanto olvido cayendo en primavera!
No es verdad la ceniza, ni el hielo, ni la noche:
¡te amo, collar de besos, paloma, cielo inmóvil!
Amiga, sola amiga, cascada, luz de silbo,
¿quién despliega tus alas las tardes de domingo?
¿Dónde resuenas y ardes, amiga, dónde sueñas?
¿Cuándo huyó de mi vida tu amor de pan y llanto?
Amiga, sola amiga, ramo de abejas, brasa,
¡cómo te nombro ahora y me repica
sobre la vastedad del corazón tu gracia!
Por ti las aguas puras, las madrugadas hondas,
el sol duro.
Por ti la voz huida, la paz amenazada,
el día en luto.
Por ti la rosa umbral, la empuñadura
de esmalte solitario.
Amiga, sola amiga, golondrinera,
¡ya no tiembla el vilano su pluma en celo!
Ya no tañes, cautiva, dulces pihuelas,
ya no varan tus cisnes de cera trémula.
Yo voy de ti cubierto,
lleno de ti, contigo, sumergiendo
las cosas que vivieron en tu busca:
la amapola lunar de herido soplo,
el coral de algarada, vivo, espeso,
la escarcha funeral, de lumbre mustia.
Amiga, sola amiga,
tu ser de alud en furia
tripula mi desnuda escuadra verde.
Pasó el verano en ascuas
y la lluvia
me acosa desde enero hasta diciembre.
Amiga, ¡no me olvides!
Amiga, ¡no te vayas!
Púlsame con tu espada de aire lejos,
táctame con tus yemas enlunadas,
abrévame la gota de cicuta,
alhájame los ojos de cizaña,
túmbame en tu agua de vihuelas lúgubres,
derrúmbame salobre entre las algas.
Rásgame, ciégame, múdame, gotea ,
que tengo nieve y cal bajo la lengua,
que llora un mirlo gris en mis entrañas,
que aúlla el viento Sur en la tiniebla.
Que hoy día te amo tanto
y tanto y tanto te amaré por siempre,
que por ti sola voy gritando adentro,
adentro de mi adentro más adentro,
¡amiga, te amo, te amo, te amo!
FRANCISCA URÍZAR
I
Tu faz, húmeda yesca,
tu lengua, vuelta musgo y orín frío,
por el otoño cruzan.
A ras de oscuras aguas,
caudales como lágrimas te buscan.
Tus ojos, uvas solas
cayendo por los muros y postigos,
vetusta viola lloran.
Tal una fuente muda
en medio del jardín desvanecido.
Tu voz, ala infinita,
inmóvil y veloz por entre nubes
murmura transparente.
Sus leves plumas hacen
temblar el cipresal cuando oscurece.
Tal un tañido ausente
que se hunde vagabundo en lo baldío,
relumbras y ensordeces.
¡Oreas como un vaho
de luz en las colinas del estío!
Ay, sed de limpias llamas
azules como el brillo de tu aguja
en el ojal del sueño,
¡apártame esta lluvia
que estila ciegamente hacia la nada!
¡Tan aterido soplo
la yerta pesadumbre entre tus ramas,
capullo que sahúmas,
delicia que no sacias,
umbral desfallecido en que te vacias!
II
Madre, ya la lluvia no cae,
deja que abra tu puerta: la tierra está florida,
¡sal de la huesa y ven conmigo!
Hoy tengo ganas de recorrer el aire
y tantas calles solas que nunca conocimos.
¡Francisca, mi pequeña Francisca,
Francisca Urízar,
nieve y candor de pluma debes ser ahora!
¡Urízar!: agua y piedra, agua vieja,
agua pura,
¿cómo amarte sin venas, sin ojos, sin palabras?
Yo la primera muerte la viví de niño,
en Bulnes, ¡largos años!
Se fue mi padre envuelto en luz umbría
por un trece de marzo.
Entre sus palmas, yerta peonía,
la cruz esparce un lento fuego blando.
En tu ataúd, sayal de escarcha diurna,
¡tan hondamente grácil!
Inmóvil, sideral, el rostro puro
labrado como un vaso,
ciegos los ojos y los labios mudos,
sobre la almohada, cera y albayalde.
¡Ay, madre, todo el tiempo
en una bocanada de perfume!
¿Hay iglesias de piedra donde moras?
¿Mantienes de café la indumentaria?
¿Por quién reza tu lengua de sal terca
salves, jaculatorias y trisagios?
¿Guarda mi padre sus anillos de humo?
¿Hace allá filatelia o numismática?
¿Discute con un párroco ladino?
¿Se te añublan los ojos al mirarlo?
¿Se recuerda de mí?
¿Pregunta por nosotros?
¿Escribe aún?
¿Juega a las cartas con un ángel sombrío?
¿Por qué callas?
Tengo tu nombre tenso sobre mi corazón:
sobre él baten, golpean, redoblan tantas horas,
y estoy tan mustio en el pasado que agoniza
junto a la pared del ayer,
derribado sobre el hoy inclemente.
¡Resplandores me cercan, madre, me agobian!
¡Vente conmigo, vente!:
rasga el lienzo, alza el vidrio,
apaga este jardín en llamas.
¡Haz que mane la fuente, que vuele la boca,
que arome la sangre su altar de huesos!
¡Ah, tú, solar cegado,
ven en mi siga por las calles de la lluvia!
III
Sopla las copas de los altos árboles
el viento silencioso.
¡Otoño, lento otoño!
Canta la sombra en las acequias.
¿Dónde repastas, lirio, dónde llueves,
en qué tinieblas, en qué nubes
vagas?
¡Deja que te alce hasta mis sienes duras,
que sople mi quejumbre púas,
flautas,
solo en lo solo, como un iris turbio,
ciego pastor
sin su majada!
¡Vente conmigo, verde sauce,
álabe tierno,
aljófar,
dulce pájaro
ya solo y sin memoria en el vacío!
¿No quieres ir conmigo?
¡Adiós, mamá!
¡Mamá!
Nunca te nombre así,
y es hermoso
como pelar naranjas con los dientes
REGRESO
No vuelvas!: hallarás la casa oscura,
el aldabón será una mano extraña.
Ceniza, polvo, orín y telaraña
te cegarán la sed de su hermosura.
El huerto ya gastó su agricultura,
los salones su brillo, la cizaña
cegó el jardín, mi juventud huraña
su anillo de mazurcas y dulzura.
Apoyarás la sien en el espejo
fiel de la mocedad, brocal del viejo
resplandor otoñal al que te vierte.
Llorarás al oír cómo fenece
la luz en su laguna, ¡cómo crece
la pezuña de Dios hacia la muerte!
LLANTO POR EL HERMANO SOLO
I
¡Hermano, duerme, duerme!
La luz sella tus párpados,
tus manos
antaño laboriosas,
ahora inmóviles
como cargas de amianto sobre el pecho.
Tu gran fuego central
atardeciendo
cual navío encallado en plena sombra.
El tweed de la chaqueta
enlaza toscamente el grueso tronco
de llanta de carreta campesina.
El pecho asoma
por entre la camisa volandera
como un valle de ríos y de pastos.
Meces un gran silencio
de puertas y susurros
que se acercan y callan.
Ya nadie te despierta:
no hay pasos que caminen hasta el baño,
ni llaves que rezonguen,
ni aroma del café, ni cucharillas.
II
Majestad de tu barba
crecida cual marea repentina
como si fuera trigo
o maravilla
solar
desde tu piel tan blanca.
Se inclinan a tu sueño
los rostros sorprendidos.
Atisban en tu boca
el resuello,
en tus sienes la escarcha,
en tus ojos
el sordo resplandor de la memoria.
Y tuercen la cabeza,
ahuyentando invisibles murciélagos,
turbias enredaderas,
malignos alacranes.
Aprietan labios, ojos, dientes:
un escozor hondo y salobre
los recorre.
Al fin se apartan: lentos,
pesados bajo un fardo de tinieblas.
Te dejan solo,
hermano,
rodeado por la cruda luz silvestre.
III
Bototos calamorros
traban los pies infatigables,
pies de hortelano puro de la infancia.
La tierna, tosca suela que calzas
conocía
terrones de mis surcos, semillas cristalinas.
Bototos calamorros
húmedos de rocío y dulces tallos,
curtidos por la tierra, calados por la lluvia.
Empujando tablones de madera olorosa
en los aserraderos,
desparramando el aserrín azul del alba.
Abriendo canaletas de riego en los sembrados,
inefables de polvo en las oscuras
bodegas vespertinas.
Pensativos de frutos en los huertos de la noche,
tibios y ariscos en la primera helada
de la soledad.
¡Bototos calamorros
con que te vas ahora
a la celeste siembra astral!
IV
Ola petrificada, ya no bañas
la florida estación de arena y nube.
Viento agolpado súbito
en sótanos de frío submarino.
Rumoroso raudal tornado hielo,
primavera lunar de tus vestigios,
lluvia de agujas en un imán sombrío,
¡unto ahora mis dedos en tus sienes,
mojo mis uñas
en la pila bautismal de tu muerte!
V
¡Lonja de mi pasado, te me has ido!
Un ácido sabor quema estas sílabas
ausentes.
Mandolina escarlata
tañida por un siervo enloquecido,
tu corazón cortó sus altas cuerdas.
Como un toro embestido
por el rayo del cielo,
doblaste tú las piernas,
se nublaron tus ojos,
asiste el aire,
fuiste
como un copudo roble
que a golpes de hacha
se viene guardabajo.
VI
Así te encuentro, hermano:
como si fueras
un gran cerezo,
un gran álamo blanco,
un gran sauce amarillo,
derribado.
Como si fueras
tiempo derramado en el mar,
una copa de sal en el océano.
Como si fueras
un renuevo cansado
que se agostó al brotar.
Igual que un manso
buey en la cordillera del crepúsculo,
durmiendo entre violetas.
Como si fueras
Absalón oscilando de un manzano,
inerme ante el ataque de su padre.
Absalón de tu madre, exangüe ahora,
otrora dulce
cardenal de una costa solitaria.
Como si fuerasç
una rota guitarra en la resaca
que un albatros pulsara con sus alas,
llamas, bordón, esparces
un trémulo jazmín, un viejo llanto
que escuchan hasta el fin las caracolas.
VII
¡Despierta, desperézate!,
pan de Dios, greda sagrada,
gallinero enloquecido por el zorro,
riego a pala desde la acequias,
siesta bajo los sauces,
¡despierta, desperézate!
¡Levántate, florido,
ríe con esa voz del eucalipto,
ilumíname el alma, resplandece!
Espuma de alegría es tu faz
de charca melodiosa,
de higuera antigua de la que brotan flautas
y campanas.
¡Despierta, desperézate,
holgazán extendido por el suelo,
durmiendo a pierna suelta
entre nueces y ramas!
Alégrame
como una loma bañada por el sol,
como terneros revolcándose en la avena,
como chupalla de totora en el verano,
o lluvia en el almendro,
o repique de campanilla
en manos de un sacristán borracho.
¡Despierta, desperézate!:
el campo aguarda,
el sol sigue ascendiendo por los cielos,
el agua pasa y canta entre los puentes,
las gallinas escarban,
ladran los perros a los forasteros,
relinchan los caballos en el pasto,
los cardos se deshacen al viento,
la sombra moja los zapallos,
las amapolas hierven,
los élitros rezumban,
el vaho de la tierra dora los duraznos,
¡despierta, desperézate!
VIII
Un fuego verde lame
los filos ondulantes de tu espacio.
Alimento voraz, el tiempo escapa
sonando largamente por tu lengua.
Burbuja en una esponja,
comienzas a ser nada: aire en el aire.
Te cerca un gran silencio
oloroso a sustancia.
Velocidad tan prodigiosa
aprisiona tu ser inmóvil, solo.
Flotas, avanzas, vuelas
por entre oscuros dédalos.
Gobiernas
todos mis sueños.
Pasas,
flecha Zenón,
y dejas
mi baldía desolación final.
IX
¿Oyes aún en medio de tu sueño,
la lluvia del soplete
tapiando a blanco fuego y antimonio
tu barco carenado?
¿Iluminan tu faz los candelabros
y el reverbero ciego de mis ojos
sumidos en tu rostro?
Flores y llamas y el gotear
de largas voces roncas
en "Santo, Santo, Santo".
¡No, no despiertes,
no vayas a mirar
el blanco cielo raso de tu ataúd!
¡No grites, no arañes, no luches
igual que si estuvieras
a punto de nacer!
¡No tengas miedo, vamos todos contigo!
X
El día crece, octubre gira,
una campana piensa
en la honda inmensidad de los espacios.
El jardinero riega la luz
y hace pantalla
a la blanca resolana vivaz de los arriates.
Aquí descansarás.
Un niño corre mágico tras una mariposa,
el barredor municipal
recoge los papeles ceremoniosamente.
Aquí descansarás.
Te asperjan agua inmortal,
mascullan
el último responso.
Aquí descansarás.
Te dejaremos solo, tapiaremos al entrada,
podrás seguir durmiendo
quieto, inmóvil,
¡para siempre, Dios mío, para siempre!
VIÉNDOTE CALLAR
Levantas la mirada
y hay un peso de grávidas sombras
que sostienes,
un silencio sorprendido
en pleno alimentarse de vuelos.
Ah, nada es tan simple y hondo
como tu silencio
hecho de infinitos hilos de angustia
volando hasta mezclarse
en una limpia trama de lágrimas.
Me pasaría horas viéndote callar,
oyéndote mirar,
palpando tu lejanía de eco en la llanura.
Ni un árbol puede ser como tú:
delgada, con toda una copa
encima
de alto cielo.
SALIDA DEL SUEÑO
Eres bella cuando te alzas del sueño
y enciendes la lámpara de tus ojos
y recoges la luz de tus cabellos
y haces cantar el agua entre tus manos.
Cuando permites que el aroma
del café sostenga mi cabeza
y pones en mi espalda
la limpia almohada del día.
Qué hermosa vienes recién salida del sueño,
estilando de tiempo,
con tus ojos abiertos al resplandor marino.
ABEJA SOLA
Despiertas a tus ojos, a tus manos,
ciñes la piel, anudas el silencio,
calzas la luz, enciendes la mirada
celadora de gracia por la pieza.
Saltas del lecho, esparces la mañana,
con las últimas hebras de tu sueño
vas hasta el agua pura en que renaces,
guardadora del pan y del aceite.
Llenas la cafetera, prendes el gas,
hierves el agua, cuidas la leche,
cortas la hogaza en rebanadas,
tuestas su blanca miga tierna.
Platos y cucharillas arrebañas
bajo tus dedos transparentes,
pones azúcar en las tazas,
viertes el hilo de agua hirviente.
Oigo las llaves que se cimbran
en tu cintura y tintinean.
Abres mamparas y postigos,
vas por la casa como un duende.
Eres el trigo en el molino,
la primavera en los almendros.
Soy el aroma que te sigue
por las murallas y las puertas.
Ante mis ojos que te bruñen
como una alhaja resplandeces.
Contigo viene el desayuno
hecho de amor limpio y silvestre.
Todo esto, día a día,
por muchos años, lumbre:
Lavas, secas, barres, planchas.
limpias, doblas, guardas, sacudes,
sales, compras, vuelves, afanas,
pelas, cueces, fríes, cocinas.
Pones la mesa, llamas los hijos,
haces el postre, calmas sus gritos,
sirves, aliñas, ríes, almuerzas,
oyes, corriges, juntas, retiras.
Lavas, secas, guardas de nuevo,
subes, bajas, zurces, vigilas.
¡Cómo trabajas, sierva de todos,
abeja sola, tenaz hormiga!
¡Cómo consagras sueño y reposo
al cielo intacto de la familia!
EL ANILLO
Hoy me he sentado junto a la raíz del almendro
y he visto al mirlo en el molino
cantando tristemente.
¿Por qué he buscado el anillo desprendido
entre las hojas,
mientras el viento alucinado de las cumbres
golpeaba los postigos de la casa
ya desvanecida en el turbión de los astros?
El lebrel del estío
escarba en los jardines de la lluvia.
Yo bebo un alcohol solo,
una amatista melancólica,
y ruedo por las laderas de la noche.
Sí. Hoy me he sentado junto a la raíz del almendro,
desgajado por un trino,
rodeado de nenúfares,
derribado también por el soplo de los pinos llameantes.
La garrafa espumante se vuelca en el mantel
y el centellear de los cubiertos
junto a los aros
¡atraviesa los años!
Seca está la vasija de greda donde el agua
oraba tan frescamente
y en los baúles el crudo perfume del quillay
llora las sábanas.
¿Dónde, dónde, dónde
quedó toda aquella vida resplandeciente?
¿Por qué mi alma
yace sellada en aquel hondo país ultramarino?
¿Cuándo mis ojos se alejaron de este zócalo
embebidos de arañas diminutas?
¿Y las grandes plantas de terciopelo verde
y los helechos biselados a lluvia
y los gritos de los lejanos pájaros
que cruzan la vastedad,
dónde quedaron?
¡Ah, mi heredad rota,
desvanecida entre las altas tapias
y retorcida en los alambres de la cerca!
Inmóvil
en el brocal
la soga de la polea
ya no sostiene su pesada carga de agua.
Sólo el moscardón del verano
desarrolla su sirena en los apios.
Allí,
en la humedad,
los últimos higos abiertos
desparramaron su rojiza harina dulce
consumida por la lluvia y las hormigas.
¡Madre, hermanos, padre,
el cordel del viento ya no remece las ramas
del manzano!
Un olor a farmacia,
de cedrón, de matico, de limón agrio,
se mezcla al de los grandes cajones.
Vienen las uvas de grano púrpura
mojadas entre las hojas de la parra
y los duraznos de amarillo robusto
y las peras de breve pezón, colmadas de miel,
y las ciruelas de otoño, blanquecinas de sal,
y los tomates y las paltas
y el iris tembloroso de las cebollas
y las berenjenas de color viernes
y los tallos podridos
y los rábanos de luz fría
y el resplandor de los zapallos ahogados
en las charcas.
¡Tantos olores, colores, sabores
me asaltan y agobian
en la despensa que atravieso!
La esponja en el alféizar,
muerta de sed;
el frasco del vinagre, abierto,
con una muda gota entre los bordes;
las alcuzas derramadas en el hule,
la cal y el azufre que no llegaron al cerezo,
el musgo en las estatuas,
el kioco
y la desierta
sonoridad del establo
que apagaba las victrolas del domingo.
¡Tantas, tantas cosas
caen al corazón como bellotas
o tamarindos
o castañas
o piñones
o murciélagos revoloteando entre las vigas!
El huerto tiene un silencio de navío encallado
podrido al sol.
En la cocina, un calendario sucio:
¡30 de mayo!
En las escalas, la empuñadura de un bastón:
su filigrana
devorada por el óxido tenaz.
En un rincón del patio, las bateas,
una mazorca descarnada:
el esqueleto del maíz en la callana de lo solo.
Y más allá
un cautín, un cardenal violento,
una vasija rota, tabaco en hebras,
una llave porosa.
Junto a la acequia, huesos
en escudilla de hojalata
que las gallinas sorprendidas picotean al atardecer.
¡Abalorio de angustia!, ¿cuándo?
Todo esto, ¿cuándo fue?
La cera transparente,
la porcelana yerta,
el candelabro,
¿cuándo fue?
¡Oh resplandeciente idólatra!,
soberbia faz,
fulgor de azucena, cal apasionada,
flor de las églogas,
¿qué miedo súbito en la abundancia pretérita
amartilló el cuajarón de tu sangre?
Grandeza nativa de la miel, ceniza lunar,
azote en llamas,
¿quién extendió tu arboladura al escarnio
y qué lengua oyes, entiendes ahora?
Lívido en la jofaina de jacintos,
flecha vibradora, jazmín del tiempo,
¿qué piedra de tu astrología
reveló el talismán de su gracia?
¡Ah!, si el vidente ojo del hacha
descifró la medalla
y puso en las entrañas del ausente
un clavel de congoja,
fragantes cortezas,
blancas larvas,
¡dejadme oír el bello diapasón de su voz
que pulsaba una lágrima redonda
en el vasto territorio del bosque!
Me veo regresar lentamente
marchito entre las enredaderas y el raudal,
mordiendo una brizna húmeda,
recomponiendo la red del corazón
aportillada,
masticando un pan ácido,
acompañado de tantos hilos de mariposas,
desenterrando entre violetas
el ardiente marfil de mi destino.
¡Rubí, Rubí!,
¿dónde tu garganta, cítara del amanecer,
aventó mi nombre hasta las estrellas?
¿Cuándo el relámpago de tu boca
puso en mi frente la corona de hielo azul?
¿Por qué tu cabellera me cubrió el rostro
como un sudario?
¡Rubí, Rubí!,
¿hay una fuente perdida
más allá del resplandor del gallo oceánico?
Hoy me he sentado junto a la raíz del almendro
y he visto al mirlo en el molino
cantando tristemente.
¿Por qué he buscado el anillo desprendido
entre las hojas
mientras el viento alucinado de las cumbres
golpeaba los postigos de la casa
ya desvanecida en el turbión de los astros?
El lebrel del estío
escarba en los jardines de la lluvia.
Yo bebo un alcohol solo,
una amatista melancólica,
alto en la montaña,
anegado de cielo,
con mis huesos revestidos por una túnica de sangre
y una fragancia de eternidad esquiva.
¡Oh muro sin ventanas!,
un ámbar pavoroso retoña en mis pulsos
y el sol horada un círculo en mis sienes.
Estoy en medio de la sala
y un colmenar de chispas me envuelve como antaño
en un valle de plata.
¡Rubí, Rubí!,
¿cuándo el relámpago de tu boca?
¿Por qué tu cabellera?
¿Hay, hay una fuente perdida
más allá del resplandor del ocaso?
Y el gallo oceánico ¿despertará otra vez tu nombre
en mi garganta?
Sólo tu nombre
y el país
y el anillo
y la casa junto al molino
desvanecida en el turbión de los astros.
[Del libro La eternidad esquiva, 1957]
A QUIEN INCUMBA
Poco más, poco menos, ya se acaba
la vida que me dieron.
Si escribo es por dar cuenta del instante,
asuntos del silencio.
Los dones de mi sangre no son muchos,
pero tengo paciencia
y ardor para mecer desde el olvido
el árbol de mis sueños.
Duro oficio es lamerse uno las llagas,
decir lo que nos quema
las ingles hasta el alma, en este mundo
que sólo rinde culto al dios dinero.
Inútil este empeño de horas mustias,
de rosas y de lunas sempiternas,
cuando hay tanta miseria por las calles
y tanta usura vil que nos gobierna.
A golpes de imposible me hice el nombre,
a lluvias mi apellido de agua vieja.
He sido parco en repartir insignias,
en saludos de Pascua y Año Nuevo.
Arisco, solo, huraño, quisquilloso,
egoísta tal vez, jamás avaro,
gentil con el humilde, y con el otro
igual en el desdén o cortesía.
Amigo de la paz y de la música,
del amor, del azar, los animales,
libre, puro, frugal, muy hacia adentro,
tierno, seco, callado, fino, franco.
No me dieron, les di -siempre en secreto-.
Regalé mucho más de lo que tuve.
Ninguno se buscó en su ser más hondo
y en el rocío amaneció desnudo.
Eso es todo, y lo digo a quien incumba.
Y al cantar lo que el tiempo desmorona
no me brota la hiel, sí la hermosura,
¡y al mar mi corazón de caracola!
Poco más, poco menos, ya se acaba
la vida que me dieron,
igual y diferente a muchas otras
escritas en el viento.
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Premio regional 2002
Murió Fernando
González-Urízar
Cuando el poeta supo el año pasado que se le había otorgado el galardón literario señaló "me siento parte de esa zona del sur, a la que quiero mucho". Sus funerales se realizarán hoy en Santiago.
El escritor Fernando González Urízar, ganador el año pasado del Premio Regional de las Artes Literarias "Baldomero Lillo", en la Octava Región, dejó de existir en Santiago, afectado de una lesión broncopulmonar. Sus funerales se efectuarán hoy, según informó el presidente de la Sech-Concepción y director del Taller Literario "Fernando González-Urízar", Tulio Mendoza, quien viajó para asistir al sepelio.
Fernando González-Urízar fue miembro de número de la Academia Chilena de la Lengua. Nació en Bulnes, en 1922, y durante su carrera literaria recibió numeroso galardones. Entre ellos: Premios municipales de poesía de Santiago en 1958, 1977, 1978 y 1982; Pedro de Oña, Ñuñoa, 1962; en 1965 recibió el Premio bienal de poesía Jerónimo Lagos, cinco años más tarde, el Premio Internacional Leopoldo Panero en Madrid. En 1975 recibió el Premio Academia Chilena de la Lengua. En 1978 fue designado miembro de dicha academia.
Aparte de poesía, González-Urízar escribió prosa destacándose entre sus escritos "Quién es quién en las letras chilenas", Santiago 1977 y "El mundo poético de Javier Vergara Huneuss, Santiago 1981.
Pesar y tristeza
El poeta y directivo penquista Tulio Mendoza señaló que "la muerte de González-Urízar produce tristeza y dolor por lo intempestivo de su decesoa y porque estuvo ligado a nuestra ciudad durante 21 años con el taller que lleva su nombre y porque aquí se han editado algunas de sus obras". Informó Mendoza que en Concepción se editó "La copa negra", en tanto que saldrá pronto a circulación otro de sus libros: "Pasión de los signos. Mendoza, en tanto, prepara un ensayo sobre la vida y obra del poeta con el título de "González-Urízar: un clásico contemporáneo", que él mismo revisó y autorizó su publicación.
Obra poética
Algunas de las sus obras son:
-"La eternidad esquiva", Santiago 1967.
-"Las nubes y los años", Caracas, 1960.
-"Los sueños terrestres", Santiago, 1965.
-"Israel, Israel", Santiago, 1970.
-"Los signos del cielo", Madrid, 1971.
-"Nudo ciego", Santiago, 1975.
-"Domingo de pájaros", Santiago, 1977.
-"Al sur del ayer", Santiago, 1978.
-"Tañedor de lluvias", Santiago, 1978.
-"La copa negra", Revista "Mapocho", 1979.
-"Sabiduría de la luz", Santiago, 1981.
-"Musgo de soledad", Santiago, 1982.
-"Memoria y deseo", Santiago 1983.
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LITERATURA Premio Regional de Arte
Editan libro póstumo
de González-Urízar
"Pasión de los signos" lleva por título reciente publicación de Ediciones Etcétera.
Nunca vio publicada su obra final. Envió los originales en mayo y dos meses después se "quedó soñando en el espacio que late entre el silencio y la escritura", como escribe Tulio Mendoza en el libro póstumo de "su maestro", el poeta Fernando González-Urízar.
Publicada por Ediciones Etcétera, su última obra fue "Pasión de los signos" y fue Tulio Mendoza el responsable de la edición que se lanzó ayer en la Academia Chilena de la Lengua. Hoy el libro se presenta en la Sociedad de Escritores de Chile (también en Santiago) y el viernes en Rancagua.
La publicación además incluye un ensayo que sobre la obra del primer Premio Regional de Arte 2002 realizó Tulio Mendoza, poeta que fundó hacia 1982 en Concepción el taller literario "Fernando González-Urízar".
En 30 libros y más de 800 poemas, este escritor nacido en Bulnes da testimonio de una profunda vocación por la poesía, por esa "tarea resplandeciente, la más hermosa y desolada de todas", como sostuvo alguna vez. Es esa "pasión de una escritura" la que desarrolla Tulio Mendoza en el ensayo que prologa el libro.
El amor
A juicio de Mendoza, presidente de la Sociedad de Escritores de Chile, filial Concepción, en la obra de González-Urízar destaca el amor, "una dialéctica del amor, una poética del cuerpo y del erotismo". Pero en otra cuerda paralela, también el escritor pulsará "el amor a Dios, el amor filial, el amor a la naturaleza, a los animales, a los lugares y a las cosas".
Autor de treinta obras, desde "La eternidad esquiva" (1957) hasta este póstumo, González-Urízar demostró su vocación por la poesía. "Lamentablemente, el poeta no alcanzó a tener este libro entre sus manos", dice Tulio Mendoza para quien el autor de "Pasión de los signos" permanecerá "entre nosotros por la excelencia y singularidad de su obra".
Aunque la fecha no está definida, también se prevé una presentación del libro en la capital penquista, donde el año pasado recibió en el Teatro Concepción el Premio Regional "Baldomero Lillo", que convocó la Intendencia Regional.
Libros y distinciones
En 1960 fue distinguido en el primer certamen de la Casa de las Américas de La Habana (Cuba). Entre 1961 y 1962 presidió la Asociación Chilena de Escritores. En 1967 permaneció como poeta residente en la Universidad de California, sede Los Angeles.
En 1970 el Instituto de Cultura Hispánica de Madrid le otorgó a su libro "Los signos del cielo" el Premio Internacional de Poesía "Leopoldo Panero".
Recibió el Premio Municipal de Santiago por sus libros "La eternidad esquiva", "Nudo ciego", "Domingo de pájaros" y "Sabiduría de la luz", en 1958, 1977, 1978 y 1982, respectivamente. En 1995, el municipio de Santiago y la Fundación "Gabriela Mistral" le confirieron la Medalla al Mérito, y Bulnes y Chillán lo declararon Hijo Ilustre.
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