Algo sobre el cuadro “Sans titre” (1926)
de René Magritte
por Tulio Mendoza Belio
Premio Literario Nacional “Oscar Castro Zúñiga” 1998 y 2001
Presidente SECH-Concepción
La primera sensación es de silencio, de ausencia, de vacío, de inquietud, de expectación, algo flota en el ambiente, en el espacio del cuadro y, evidentemente, algo sucede en él, algo pasa, algo transcurre. Sin embargo, no es algo que pase en una sucesión de hechos en movimiento, la atmósfera es provocativa, hay algo detenido o suspendido que exige nuestra complicidad para inferir la “historia” allí cifrada. Pero un cuadro no tiene comienzo ni fin, en el sentido que sí lo tiene la lengua que es una sucesión de fonemas, una línea que avanza. Así, se puede saber dónde empieza un poema y dónde termina. En la página en blanco, gracias a la escritura, queda perfectamente graficado el inicio y el término. En cambio en el cuadro, todo es simultaneidad frente al ojo que capta todo de un solo golpe y luego se detiene aquí o allá, siguiendo las huellas más visibles o sobresalientes del cuadro, aunque también lo insignificante, precisamente por su insignificancia o pequeñez, puede transformarse en algo significativo.
El espacio puede ser un jardín: el primer plano, el césped; más atrás, una reja y, luego, un fondo que incluye dos espacios que funcionan en la mente del espectador: el cielo y hacia abajo un abismo. Da la sensación de que si uno traspasa esa reja caerá a un lugar sin fondo. Esto provoca expectación, misterio, miedo, temor: hay algo que se desconoce.
En primer plano, sobre este jardín, aparece una figura de frente (la posición de los pies nos lo confirma), la que se puede identificar como del sexo masculino, y más atrás, al lado izquierdo del espectador, otra figura que por su forma, se puede identificar como del sexo femenino.
Las dos figuras proyectan sólo el comienzo de sus respectivas sombras, lo cual hace suponer que es un día de sol. Las sombras se cortan o interrumpen bruscamente, ya que el resto de ambas continúa fuera de los límites del cuadro, en el caso de la figura masculina, y, en el caso de la figura femenina, en el cuadro mismo, pero perdiéndose a través de la reja.
La figura masculina parece ser sólo una silueta, como si se hubiera recortado un trozo de papel. Da la impresión de que si pudiéramos ver qué hay detrás, no se encontraría volumen, sino más bien algo plano como una hoja. La figura no tiene rostro y está estática, los brazos muy pegados al cuerpo, casi formando un único bloque; detenida a pesar de no estar en posición firme, sino en descanso (los pies lo grafican). Sin embargo, esta suspensión puede ser sólo aparente, ya que además se puede inferir que viene caminando hacia nosotros los espectadores (los pies también lo grafican). Esta posición o manera de pararse, es, por lo tanto, ambivalente.
Nuestra afirmación de ser tan sólo una silueta recortada, se refuerza porque sobre este cuerpo se puede observar unos pentagramas con su respectiva notación musical: es como si se hubiera recortado la hoja de una partitura musical y se le hubiera dado la forma de un cuerpo.
La figura femenina también es algo estático, algo inerte, parece ser una pieza de ajedrez (una reina), un objeto concreto hecho de un material frío, a pesar de que también tiene una notación musical sobre su forma, pero esta forma se percibe como con volumen, al contrario de la figura masculina y, también, al contrario de la figura masculina, del “hombre”, este objeto no posee pies, por lo tanto no puede desplazarse ( a no ser de que posea otro medio de desplazamiento que ignoramos). Es precisamente el volumen lo que marca una especie de caderas o la forma de un vestido, lo cual confirma su condición femenina. Sin embargo, el sentido estático se ve alterado (del mismo modo que en la figura masculina), porque esta figura, a esta “mujer”, tiene o le nace un frondoso árbol a partir de la mitad de su cuerpo, cuyas ramas (muy marcadas) y follaje, pasan a ser una especie de brazos, pero también la cabellera de este mismo cuerpo. La unión de algo concreto inanimado (como es el caso de esta figura), con un elemento del reino vegetal (como es el árbol), nos dan la idea de movimiento, de plenitud, de preñez, de dar fruto (un atributo de lo femenino) y, por lo tanto, de vida. Las sombras que ambos cuerpos proyectan, son también un signo de existencia: sólo lo que existe proyecta sombra y uno no puede huir de ella (recordamos el texto del poeta Fernando González-Urízar cuyo título es “Saltar fuera de mi sombra”). Claro aunque uno lo desee, nadie salta nunca fuera de su sombra.
Ambos cuerpos, ambas realidades, están de frente (aunque el cuerpo femenino podría estar de espaldas). Si es así, aparecen frente a nosotros en una situación del todo misteriosa e inquietante, como ya lo hemos señalado. ¿Quiénes son? ¿Qué hacen? ¿De dónde vienen? ¿Qué desean? ¿Cuáles son sus nombres? ¿Tienen alguna misión? ¿Hablan? ¿Se comunican de algún modo que está afuera del cuadro? ¿Se conocen entre ellos? ¿Cuál es su relación?
El cuerpo femenino es de mayor volumen que el masculino y se ve, en la perspectiva que tiene, con más vida, con más movimiento gracias a la direccionalidad de las ramas y al conjunto del follaje total, lo cual se destaca como una gran circunferencia recortada en el vértice izquierdo a nuestra mirada por el espacio material del cuadro.
La obra se titula “Sans titre”, es decir, “Sin título”, lo cual nos da la posibilidad de rebautizar el cuadro con otro nombre, llenar ese vacío interpretándolo de algún modo de acuerdo a su propia circunstancia y realidad...
Concepción, sábado 20 de diciembre de 2003.
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ESCRITURA DE POEMAS, LA OTRA VOZ, UN MODO DE SER FELICES
(Prólogo)
por Tulio Mendoza Belio
Premio “Oscar Castro” 1998
Presidente SECH-Concepción
Con la publicación de esta ANTOLOGIA POETICA que contiene los trabajos seleccionados de las versiones XIII (1997) y XIV (1998) de nuestro Concurso Nacional de Poesía “Antonieta Lagos Lira” para Estudiantes de Enseñanza Media, la Sociedad de Escritores de Chile (SECH), filial Concepción, cumple con los objetivos de estimular y difundir la creación literaria entre los jóvenes estudiantes de todo el país que ven en la escritura de poemas un medio efectivo y siempre actual para comunicarnos su propia visión del mundo. La lectura y el ejercicio escritural, no tienen por qué ser algo fome, aburrido, obligatorio y por lo mismo molesto, desagradable. Muy por el contrario: en la medida en que nos acerquemos a los textos con verdadero placer, en que descubramos en ellos parte de nuestra intimidad, en que nos hablen con el mismo lenguaje que nosotros hablamos (ahora y aquí mismo) o con otra lengua, extraña y misteriosa y, por lo tanto, sensual y seductora; en la medida en que nos guíen con espíritu crítico y abierto, hacia la tolerancia y el respeto y nos enseñen lo que otros piensan y sean, sobre todo, lo que el gran poeta y ensayista mejicano Octavio Paz llamó la otra voz, sólo entonces estaremos en condiciones de entender que el Arte, en general, y la Literatura, en particular, son, parafraseando a Jorge Luis Borges, un modo de ser felices. Y Gabriel Zaid escribe en su excelente libro La poesía en la práctica (FCE, Colección Popular N°324, México, 1986, 159 págs.): “La inspiración creadora no sólo hace versos: sopla y lo mueve todo. En ese movimiento, la práctica no es algo estrecho, mecánico y sin misterio, sino creación; y la poesía es práctica: hace más habitable el mundo.” (el subrayado es nuestro).
Cada concurso es una realidad aparte y cerrada, cuyos límites dependen de una cantidad precisa de concursantes y poemas (esos y no otros, pero también todos los textos posibles que rondan por la mente de los integrantes del Jurado, de sus gustos y preferencias, en suma, de su cultura literaria). Sin embargo, resulta interesante apuntar cómo la mayor parte de las veces, después de una atenta lectura individual, los integrantes del Jurado han seleccionado casi los mismos poemas. ¿Qué tienen, entonces, estos textos? Aunque las recetas en el ámbito de la creación artística nunca resultan algo definitivo (y es bueno que así sea, porque un espacio de libertad e invención, de deseo y descubrimiento, rechaza por naturaleza las imposiciones que no surgen, precisamente, de sus propias necesidades y requerimientos); creemos que los textos que seleccionó el Jurado compuesto por los poetas Alicia Hernández Emparanza, Juan Herrera Molina, Ramón Riquelme Acevedo y Tulio Mendoza Belio, se acercan, de algún modo (unos más, otros menos), a lo que ellos consideran como poético. Descubra el lector el misterio de la palabra.
La Sociedad de Escritores de Chile (SECH), filial Concepción, ha querido, a partir del año 1997, que nuestro concurso lleve el nombre de la poeta ANTONIETA LAGOS LIRA, en homenaje y recuerdo a la distinguida educadora y una de las socias fundadoras de nuestra Institución. Se suma este certamen a nuestro Concurso Nacional de Cuentos “Dolores Pincheira Oyarzún”. Finalmente, junto con felicitar a los participantes que dieron vida a estos concursos, deseamos agradecer a la Secretaría Regional Ministerial de Educación, Octava Región del Bío-Bío, en la persona de don Víctor Schuffeneger, Secretario Ministerial de Educación, y de don Carlos Torres, Jefe del Departamento de Cultura; y al Colegio de Profesores de Chile, A.G., Regional Concepción, en la persona de su Presidenta, Sra. Olimpia Riveros.
Concepción, noviembre de 1998.
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LA POESÍA DE JORGE MENDOZA ENRÍQUEZ
PREMIO MUNICIPAL DE ARTE DE CONCEPCIÓN
por Tulio Mendoza Belio
En el panorama de la poesía publicada en Concepción a partir de 1981, se destaca nítidamente la creación literaria de Jorge Mendoza Enríquez. Poeta, narrador, investigador, ensayista, traductor, articulista de diarios y revistas, conferencista, profesor universitario, su obra poética está íntimamente ligada, por una parte, a su bagaje cultural, tan amplio y necesario (sobre todo en un creador) y, por otra, a la experiencia personal que, en la obra de un poeta importante, alcanza siempre un grado de significativa relevancia, especialmente si pensamos en lo que Enrique Lihn llamó “poesía situada”: la relación del texto con las circunstancias de sus enunciados. En este sentido, textos de Jorge Mendoza como “Biografía”, que pertenece al libro Ni ángel ni sábado ni verano, y el libro-poema El ángel que me mira desde un espejo roto, representan de una manera clara, valiente y sin prejuicios, esta línea de trabajo que vincula estrechamente poesía y vida, arte y biografía, estética y ética, a la manera de Rimbaud. A este propósito, las palabras del poeta español Juan Carlos Mestre en el prólogo del último libro citado, resultan muy pertinentes porque señalan una actitud y son una advertencia: “Ahora que huyan los vulgares. No habrá lugar aquí que los acoja, ni memoria jamás que los olvide. Que vaguen y se alejen.”
La obra poética de Jorge Mendoza, ha sabido asimilar lo más representativo de poetas como Emily Dickinson, Carlos Drummond de Andrade, Edgard Lee Masters y Jorge Luis Borges, entre otros notables creadores y, de modo especial, todo el acervo popular de la cultura brasileña: la canción, la jerga familiar, las fórmulas de los juegos, etc.
Jorge Mendoza nos presenta un tipo de texto que oscila entre la narración descriptivo-explicativa y un profundo lirismo intelectualizado, hay imaginación y lucidez para expresar la tristeza y la nostalgia, la verdad y el deseo, el asombro y lo espontáneo, la fiesta y la soledad, la intraducible “saudade”.
Si el poema es una construcción hecha de lenguaje, materia que es sonido con sentido (parafraseando a Valéry), entonces nos atrevemos a afirmar que la obra de Jorge Mendoza y hasta su mismo modo de ser (el del poeta), es impensable sin la lengua portuguesa, sin el color y el ritmo entrañable del Brasil de Chico Buarque, Caetano Veloso, Jorge Amado, Vinicius de Moraes, Maria Betania y tantos otros. En ese cruce de arte y biografía, la presencia de la cultura brasileña, manifestada principalmente como es natural, a través de su idioma, constituye un elemento incorporado a la escritura de Jorge Mendoza, tanto así que poemas como “Canción para una infanta portuguesa difunta”, “Oporto” y, sobre todo, el libro-poema ya nombrado, se construyen como textos híbridos, una mezcla de castellano y portugués. Tal vez este recurso (y con esto deseo ampliar lo que Gilberto Triviños formula muy acertadamente en la antología Las plumas del colibrí, 1989), sea un extrañamiento más globalizador que incluye no sólo el caso puntual al cual alude el crítico (“que el renegado del mundo blanco puede renegar a su vez del mundo negro”), sino además, el ser la otra voz: el poeta es un extraño entre sus semejantes, un marginal y enhorabuena: hay que estar en la otra orilla para escapar de lo que Leopoldo María Panero denomina “la conciencia miserable”.
Quizás la poesía de Jorge Mendoza Enríquez sea como esa “muchacha morena” protagonista de su poema “Cuento”: “delgada y ajena al silencio/ en un día de fiebre y de tormento,/ en un día tórrido, en medio de la lluvia,/ y yo la amaba, y la amaba sin momentos.”
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LA ÍNTIMA VOZ DE
MARÍA LUZ AGUILAR
(Prólogo al libro EN EL ÍNTIMO SILENCIO)
por Tulio Mendoza Belio
"En el íntimo silencio" es el tercer libro de poemas que publica María Luz Aguilar; anteriormente editó En el regazo de la tierra (1996) y La falda de bambula (1999). Con esta obra, completa un ciclo dedicado a una de sus pasiones: la literatura. Ahora, el tiempo será para la pintura, la escultura y la cerámica, artes que ella ha cultivado exitosamente durante mucho tiempo y que con urgencia le reclaman también un espacio.
María Luz Aguilar “ama el silencio de su silencio” y escribe estos textos desde un “silencio que respira con ternura”, un “íntimo silencio” (el suyo propio y el de su escritura). El primero forma parte de su personalidad: los que tenemos la suerte de conocerla, sabemos de su paso sigiloso y productivo por la vida. Su transparencia, su sencillez, su amor por las cosas simples y su fidelidad a los amigos, son signos claros de quien posee valores que, en la actualidad, son muy escasos y, por ello mismo, muy preciados. El segundo silencio, el de su palabra, asoma en cada uno de sus poemas como queriendo establecer un sentido invisible, un “perfecto equilibrio” entre los elementos que han cruzado cada uno de sus tres libros publicados: el amor en todas sus manifestaciones, la constante presencia de la naturaleza y lo más propio de hombres y mujeres: la vida misma.
El poeta Humberto Estay, en el Prólogo, a La falda de bambula, expresa acertadamente que la obra de nuestra escritora es “un testimonio de vida en que todo el cosmos, la naturaleza y lo humano, es sensibilizado y espiritualizado por la inquieta y a la vez serena alma de nuestra poeta. Su obra es profunda, sencilla, emotiva y trascendente. El lector, de seguro, será tocado, seducido y transformado por la sutil experiencia de cada poema.”
Un dejo de amargura traspasa algunos de sus poemas, sin embargo, un sentimiento modelado por el tiempo y la experiencia, por el sereno asombro frente a las cosas, logra comunicarnos una suerte de aceptación resignada y contenida, pero siempre digna, de la realidad. Así, por ejemplo, creemos que el poema “La buganvilla” representa muy bien esta constante de su escritura poética:
Envejece el árbol que me vio nacer,
llena de luz un verano.
Tiene la quietud la resignada
y el cansancio se ha curvado en su corteza y aún así florece con los años.
Hoy dialogo con mi silencio,
saboreando la simpleza de la vida.
Atenta a la máquina sonriente
que imagina
y a ese equilibrio que me da el amor
como única heencia de mis días.
Los ciclos de la vida, la miseria humana, la ausencia del amor, la relación del ser humano con la naturaleza, son los ejes del mensaje humanista de una mujer en la plenitud de sus realizaciones.
Interesante resulta también percibir cómo en este libro la presencia de lo urbano, del tráfico citadino, ha ido abriéndose espacio para mostrarnos su realidad. Ya en La falda de bambula, podíamos encontrar poemas como “La ciudad” (p.126) o “Inevitable” (p.89), por ejemplo, cuya temática María Luz Aguilar desarrolla más plenamente en este nuevo libro. Una muestra son los siguientes textos: “Andanzas de perros”, “Estación central”, “Angeles perdidos”, “Mi ciudad (Concepción)” y “Circo peatonal”. La última estrofa del poema “Estación central”, podría ser perfectamente una semblanza del hombre y la mujer contemporáneos:
Soberbias máquinas agonizan lentamente
despidiéndose de un ciclo y de una historia.
Humilladas en el óxido del tiempo,
abriga la niebla sus armaduras
en brazos cansados de durmientes.
El viaje también ha sido fuente de inspiración para nuestra escritora y, en el caso de En el íntimo silencio, su estadía en tierra mejicana (como en su libro anterior lo fue su estadía en Israel), originó textos como “Aguila domada”, “El árbol de las manitas”, “Tibieza de plumas” y “Acapulco 7:30 am”. Es que todo poema, como afirmaba Goethe, parte de una circunstancia y esa circunstancia es indispensable para que se origine el poema. Esto lo sabe muy bien María Luz Aguilar y su poesía, la circunstancia de sus textos, es su propia percepción de las cosas y la vida, su vida vivida y padecida, pero también transformada, hecha palabra, ya que somos fundamentalmente, como alguien dijo, palabra en el tiempo.
Invito, ahora, al lector, luego de estas breves reflexiones escritas desde la amistad y el agradecimiento, a recorrer las páginas de este libro siguiendo las huellas de sus palabras: la mirada atenta y sensible de María Luz Aguilar nos ha trazado una ruta: descubrámosla.
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ALICIA NAVARRO CHAURA:
entre el compromiso social y la poesía
por Tulio Mendoza Belio
Premio Literario Nacional “Oscar Castro Zúñiga” 1998, 2001 y 2005
Presidente SECH-Concepción
1. Escribir desde la amistad, es poner en evidencia aquellos lazos de afecto que no tienen otro destino que el agradecimiento, la sinceridad, la confianza y todo aquello que ennoblece la relación entre los seres humanos.
No recuerdo bien cuándo fue que se inició mi amistad con Alicia Navarro, pero al parecer el tiempo cronológico, la medida de nuestro propio tiempo humano, nada tiene que ver con la intensidad, la fidelidad y el cariño que dos seres se dan, ya que su historia parece transcurrir, paradojalmente, fuera del tiempo, en un devenir sin límites, sin fronteras, sin espacio. De este modo, me es posible afirmar que conocí a Alicia desde siempre y que fue un privilegio y una alegría haberla conocido y respetado, es decir, haber recibido su confianza y su palabra y todo lo que su corazón sentía y lo que su pensamiento proyectaba. Hablo de sueños, de vivencias, de deseos, de vida padecida y celebrada, de experiencias que forjaron una personalidad cuyo sentido solidario era una luz que guiaba sus pasos y una palabra de aliento para los descalzos en el camino.
Entre el compromiso social y la poesía, fue el lema de su quehacer como mujer, esposa, madre, abuela y amiga; rostros que la definieron como un ser íntegro y humanista. Acción y escritura, palabra social y amorosa, duelo y tiniebla en los días aciagos, pero luz esperanzadora siempre.
El presente libro es una promesa que se cumple: Alicia y yo trabajamos, con devoción y ternura, en la recopilación de los poemas que dan vida a esta antología y ella tuvo la dicha de ver el original antes de fallecer: aún recuerdo su sonrisa cómplice cuando le mostré aquellas hojas que imprimí y empasté en tan sólo una noche para que ella no se fuera de esta tierra sin antes ver su querido y anhelado libro. También estas palabras mías a modo de prólogo, fueron su deseo, sólo que no alcanzó a leerlas en este mundo.
2. “Ningún lugar está aquí o está ahí”, dice el poeta Oscar Hahn, refiriéndose o privilegiando el lugar interior, el que “es proyectado desde adentro”, esos espacios del alma, de la memoria, ese lugar que no ocupa lugar, pero cuya presencia se siente como algo muy vivo porque busca hacerse realidad.
En este libro antológico, Alicia Navarro nos entrega el itinerario de ese lugar interior, de su propia experiencia e imaginación, proyectándolo en la figura de un territorio lejano que todos quisiéramos acercar y hacer nuestro, porque es el mundo de la utopía anhelada y de la solidaridad compartida, un mundo otro, un mundo mejor.
Entre el compromiso social y la poesía, entre la memoria histórica y la escritura, Alicia Navarro lucha por el recuerdo y lo hace contra el olvido. No es extraño, entonces, que ella haya elegido el nombre de uno de sus propios poemas para titular este libro: Contraolvido, así, uniendo ambas palabras, como si quisiera sustantivar en un solo vocablo, su deseo de ser testimonio y conciencia para la memoria. Precisamente es “A los mendigos de la memoria histórica” y “A los cruzados idealistas del siglo XX de la Comisión Chilena de los Derechos Humanos”, a quienes dedica su libro Del animal instinto: el matar a la humanal condición de: crear y respetar” (1992).
Alicia Navarro levanta su país de la lejanía como una bandera de lucha y un compromiso y también como un llamado: la poesía es, como señala Octavio Paz, la otra voz: en eso andamos los poetas.
3. Comentemos, ahora, brevemente, algunos de sus poemas como un modo de adentrarnos en su mundo poético. En “Vivencias”, hallamos el sentido que tiene la existencia para la poeta. Su respuesta surge “entre razón y sueño”, es decir entre la conciencia de la realidad y la conciencia de querer cambiar esa realidad; entre la aceptación resignada, pero valiente, de una realidad muchas veces hostil y hasta violenta, y un territorio en el que la utopía, la realización de sueños y deseos, pueda todavía ser posible.
La poeta con su propia experiencia de vida, vivida y padecida, como ya hemos señalado, nos presenta y describe un balance de su aprendizaje como mujer inserta en una comunidad. El poema avanza en una serie de pequeñas estrofas que, a modo de estaciones, nos proporcionan la espera para una reflexión. Este poema trasluce un claro espíritu positivo, a pesar de la inclemencia de los tiempos, porque lo único que la poeta no ha aprendido es “a morir y callar en las sombras del temor.”
El poema “Predestinación”, consta de dos partes, en la primera nos da un remanso para indagar el sentido, ya en el recuerdo, de una historia de amor irrealizada; en la segunda, la visión de una muerte presentida y su deseo de un escenario imaginado a través de la naturaleza: “si soy poeta en verdad/ moriré en Otoño/”, y más adelante señala: “O tal vez en Invierno...”
En otro de su poemas, el cual sirvió de título a uno de sus libros, “En el país de la lejanía”, la poeta toma distancia, sola, quiere observar, se refugia en el páis de la lejanía, espacio que, a modo de una ciudad inventada, le permite indagar en el tráfico urbano, en esta sociedad “progresista” que ella, evidentemente, rechaza, pues ese adjetivo se considera en su aspecto negativo. Sin embargo, todo cobra y encuentra un sentido pleno, cuando ella vuelve la mirada hacia la clase trabajadora y la memoria histórica, esto es un signo vital, algo que la transforma, que la sostiene, que la reconforta: “Escucho voces, al fin un signo de vida:/ son trabajadores/ gritando, esperando...”
En “El rescoldo del olvido”, reaparece el motivo de la destrucción del amor, por utilizar un nombre algo alexaindreano. Es la mirada en la perspectiva del tiempo y del recuerdo, porque siempre queda algo, aunque sea una ausencia que se hace presencia, unas cenizas que buscan su destino: “¡Qué recónditas fuerzas/ tiene el olvido/ que arrancó a trozos/ tu imagen.”
Tal vez sea el poema “Plenitud”, el que mejor condense el sentido del amor filial, la familia que, para Alicia, era fundamental. Ya en ese sentido texto “Carta a mis hijos”, escrito estando detenida en octubre de 1973 y sin saber qué podría sucederle, encontramos el emotivo mensaje que dirige a sus hijos pequeños y, además, el propio autorretrato de la poeta: “Soy chilena de origen,/ mujer de nacimiento,/ madre que los acunó/ con notas de cálidas canciones;/ esposa y compañera del hombre que es su padre;/ maestra en las aulas,/ dirigente en el Sindicato;/ mujer con traje de batalla/ en el vivir,/ con traje de batalla en el morir.”
El poema “Plenitud” es el relato, en cuatro partes, de una historia de amor que se va haciendo familia, una sinopsis de eso que Alicia llama “el juego de la vida y de la muerte”: “No recuerdo qué noche/ me tomó entre sus brazos,/ besó mi cuerpo/ y me colmó como a un cáliz”. Luego aparecen los frutos, los hijos: “Sandra Valeria te llamamos/ te acunamos en la suavidad del cántico,/ asombrados del milagro de la vida... Y entonces agrega: “Tú me devuelves en columnas/ las hadas silenciosas,/ contigo sueño de nuevo,/ otra vez. Y cuando no habían alcanzado a pasar tres años, en una mañana de invierno, llega el hijo, Marco Iván, “nombre surgido de la magia de la espera”. Y así continúa la vida y Alicia,“rebelde y fuerte”, les deja escrito su legado: “que sean solidarios,/ con lo salobre del mar en mi lengua/ para que sepan que hay lágrimas/ propias y ajenas./ Abracen al hermano que llora,/ que hagan suyo el dolor ajeno,/ que sean miembros de la humanidad.”
En este mismo sentido del amor a la familia, el lector podrá apreciar ese pequeño divertimento que es el texto “El primer par de zapatos de Ángela”, dedicado a su nieta.
“Para esto quiero mi vida”, nos muestra la rebeldía de aceptar la vida como camino hacia la muerte. El tiempo particular de la poeta, no puede estar permanentemente invadido por el fantasma de los muertos. Como antídoto, la poeta invoca a la naturaleza, a la juventud, a la belleza, al amor, a la solidaridad y a “la magia de los poetas” que tienen una verdad nueva que anunciarnos.
En el poema“Contraolvido”, la poeta vuelve su rostro a la memoria histórica, porque como ella misma afirma: “El olvido histórico/ es el abismo de un país.” Y en “Muchacho heroico”, canta a esa “sangre joven” que levantó barricadas contra el poder represivo del dictador: “¿Por dónde caminar/ si te cortaron a punta de metralleta los caminos,/ te arrancaron del aula universitaria,/ te secuestraron de tu población?”
Parafraseando a Edith Piaf, nuestra autora escribe un himno al amor, pequeña composición que celebra este sentimiento universal como una presencia viva, deseada y como un valor permanente que, anulados tiempo y espacio, o en palabras de la poeta: “roto todo límite y todo hilo de tristeza”, encuentre su realización efectiva, su propio paraíso.
La Verdad y la Justicia, son palabras claves en la poesía de Alicia Navarro, traspasan su escritura con la fuerza y el amor de quien sabe que valores tan altos e intransables, deben ser los que guíen cada una de nuestras acciones y se transformen así, en el sello cristiano y socialista que ella imprimió a su mensaje.
Y educar, “el quehacer más profundo de todos los quehaceres”, el Magisterio, fue para nuestra amiga Alicia, como también para Gabriela Mistral (que ella tanto admiraba y a la cual dedicó su tesis de titulación), el oficio que “construye las pirámides de la sociedad”, a pesar de que lo considera como “nunca comprendido y jamás valorado.”
4. Alicia querida, recordando al poeta español Miguel Hernández, quisiera decirte, aquí y ahora (que serán siempre), “compañera del alma, compañera.” Tú que celebraste la amistad y la solidaridad como dos valores sagrados, tú que realmente sabías el verdadero ser de los poetas, tú sigues presente entre nosotros, porque no te olvidamos y porque tú no nos quieres dejar huérfanos del recuerdo de tu alegría, de tu ejemplo, de tu palabra. Te asomas levemente en cualquier instante y derramas tu sonrisa como una copa en medio de la fiesta; llegas cuando nos duele la vida y nos enseñas a soportar el dolor con tu entereza de mujer fuerte, digna y luchadora. Y yo no puedo más que decirte: gracias!
Aquí, entonces, este libro, esta promesa cumplida, esta antología poética tuya, con tu mensaje humanista que vuela y se reparte ya entre todos los que te conocimos y que abre y dispone sus páginas para los futuros lectores que vendrán y que sabrán, sin duda, valorar tu palabra como se quiere lo que se siente verdadero.
Concepción, Invierno del año 2005.
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FRAGMENTOS PARA UNA LECTURA
DEL POETA JORGE CID
Instituto Chileno-Británcico de Cultura de Concepción
06 de Junio de 2003, 19:30 hrs.
por Tulio Mendoza Belio
Presidente SECH-Concepción
Premio “Oscar Castro Zúñiga” 1998 y 2001
0. La Sociedad de Escritores de Chile (SECH), Filial Concepción, les da la más cordial bienvenida a esta lectura poética de Jorge Cid Alarcón, integrante del Taller Literario “Fernando González-Urízar” de Concepción y del Colectivo de Escritores jóvenes de la SECH-Concepción. Jorge Cid es alumno de Cuarto Año de Enseñanza Media del Colegio Salesiano y en el año 2002, obtuvo el Primer Lugar en el Primer Concurso de Poesía y Narrativa para Estudiantes de Enseñanza Media, organizado por la Universidad Católica de la Santísima Concepción. Tiene publicado un tríptico de poesía en conjunto con Alejandro Neira:
Esta actividad cultural, se enmarca dentro del programa de difusión literaria hacia la comunidad que la SECH-Concepción se encuentra desarrollando, tanto en esta sala del Instituto Chileno-Británico, los días viernes, como todos los lunes en el Salón “Don Luis” del Hotel “Alonso de Ercilla”. Nuestro agradecimiento a Ana Dall’Orso y a Alan Cleveland.
1. Retrocedo en el tiempo, por obra y gracia de la palabra, estamos en 1976. Tengo 19, dos años más que el poeta Jorge Cid, aquí presente. Recién he llegado a Concepción, vengo desde Rancagua, la tierra del poeta Oscar Castro Zúñiga. Ya he borroneado mis primeros atisbos de poemas y espero verlos pronto impresos en un libro junto a otros amigos escritores. En octubre de ese año, me llega una caja con los primeros ejemplares publicados por Ediciones Bolt que, en Santiago, dirigen Eduardo Bolt y su esposa, la poeta Marina Latorre. Todavía recuerdo la emoción de ver, por vez primera, mis poemas en letra de molde y con olor a tinta fresca. Pero esto no es todo. El libro, titulado “Primer Ceremonial”, trae un Prólogo del destacado poeta y Académico de la Lengua, Fernando González- Urízar. Quiero leerles, ahora, leerte a ti Jorge en esta tu primera lectura poética individual, esas palabras que hace 27 años nos dijera el poeta y aunque no soy yo el maestro González-Urízar, pienso en eso que nuestro Premio Nacional de Literatura, Humberto Díaz-Casanueva, llamó el traspaso de la antorcha. Por eso, al decírtelas ahora, pienso que en un tiempo fui/fuimos como tú y escuché como tú e hice caso como tú.
2. No los conozco. Ni de persona ni de obra. Sé que son jóvenes, muy jóvenes, signados todos ellos por una vocación lacerante: la poesía. ¿Sus nombres?: María Elena Gutiérrez, Tulio Mendoza, Juan Otaíza y Ricardo Torres. Recién ahora, leyendo las pruebas de este libro, me interno por el mundo particular de cada uno de ellos, atisbo la luz y el perfume, el temblor, la tristeza y el gozo que trasuntan estas obras, estas palabras que no pudieron menos que ser dichas para consagrar un instante vivido o presentido, un estado de ánimo o simplemente la urgente necesidad de decir, de nombrar, de dar testimonio de la anchurosa vida que tienen o esperan.”
3. Jorge es joven, muy joven; menos que cuando llegó por primera vez al Taller Literario “Fernando González-Urízar” que fundé hace 21 años aquí en Concepción. Jorge es inteligente y sabe, entiende y conoce eso de la “vocación lacerante” que es, según el poeta, la poesía. Vocación: “Destino natural del ser humano”; “Inclinación, tendencia que se siente por cierta clase de vida, por una profesión”; “Inclinación a la vida sacerdotal y religiosa.” Y es que la poesía parece llamarnos antes de que sepamos quién es, porque, como dice el mejicano Gabriel Zaid, “La inspiración creadora no sólo hace versos: sopla y lo mueve todo. En ese movimiento, la práctica no es algo estrecho, mecánico y sin misterio, sino creación; y la poesía es práctica: hace más habitable el mundo.” Y los poetas hemos aceptado eso de “cierta clase de vida” que es ni más ni menos que vivir en poesía, la “poesía práctica” de Eduardo Anguita (que Jorge ha leído y releído como un niño devoto); la “poesía activa” de Gonzalo Rojas (que Jorge ha visto por dentro) y ambos poetas descendientes del adolescente maldito y rebelde que quiso cambiar la vida: Rimbaud. Esta es la apuesta desde siempre, ser, como dijo Octavio Paz, “la otra voz”. Y en lo que se refiere a lo sacerdotal o religioso, la poesía es ceremonia y es religión en el sentido de “religare”, de re-unir, de atar de nuevo.
Y Jorge sabe también que la vocación es “lacerante”, es decir, “Hiriente, aguda, desgarradora.” No es fácil la poesía, no es fácil ser poeta.
4. También yo, leyendo los poemas de Jorge Cid, me he internado por su mundo particular, he atisbado la luz y el perfume, el temblor, la tristeza y el gozo que trasunta su obra, sus palabras que no pudieron menos que ser dichas para consagrar un instante vivido o presentido, un estado de ánimo o simplemente la urgente necesidad de decir, de nombrar, de dar testimonio de la anchurosa vida que tiene o espera.
5. El poeta Jorge Cid comienza por reconocer el linaje de su sangre, quiere establecer el fundamento, señalarnos el origen: un verbo-madre, una vocación misteriosa, “la más bella de todas las mujeres”: “Vives/ más allá de la muerte” y la madre es “inmensa” y “cotidiana”. Y luego, la madre del padre, en su “cocina de poesía y verdad”, tiene una sola esencia en ese domingo de tarde en que de lluvia le muestra su vida y vienen las visiones del té y el pan de Rosa bajo la templada penumbra de sus riquezas.
Una recuperación, a través de la palabra, de los espacios cálidos y protectores de la familia, de la parentela, como si se temiera la pérdida del locus amoenus, del lugar feliz, del far-west de la infancia del cual uno nunca quisiera salir.
6. Los poemas de Jorge Cid dejan ver la voluntad de querer trazarnos una ruta de pensamiento reflexivo sobre las instancias varias de la vida, de un modo casi existencialista, pero siempre con la emoción inteligente que hurga entre los planos del lenguaje para buscar la analogía, el encuentro feliz de unas palabras que pretenden ser más de lo que son y lo logran de verdad, “la verdad del verbo,/ la verdad/ del cuerpo.”
En este sentido, la palabra poética de Jorge Cid, se torna, a veces, algo críptica, oscura y exige del lector una actitud cómplice.
7. “Porque todo ha sido tan repentino/ y te he amado tres veces antes de saber tu nombre.”, nos dice en un poema. Al parecer, no estamos aquí, como en la canción de Fito Páez, frente al amor después del amor, sino más bien frente a un amor que es innominado y que hay que bautizar.
Y nos adentramos en los espacios que esta poesía reserva para el amor. Un bello y logrado texto, es aquel que señala la paciencia de una espera, para luego describirnos a través de elementos espaciales idílicos y láricos, el descubrimiento y el asombro, de una relación amorosa casi cósmica y pagana a la vez, en la cual se produce un desdoblamiento de los amantes, porque es la única manera de que puedan “entender el aire y el roce/ que serán verbo y grito”. [leer el poema]
8. También hay lugar en esta poesía para el espacio urbano y su acontecer. El lugar de la ciudad puede darse, por ejemplo, en un bar “donde despuntan los fantasmas a combatir el humo/ de los cigarros últimos que van muriendo”, o en la Plaza de Mayo donde “El niño no sabe lo que llora la madre”, o en “Muerte al cocodrilo”, donde hay una abierta protesta frente a la guerra.
9. Como sólo he pretendido hacer una breve aproximación a la poesía de Jorge Cid, textos que aún están siendo revisados por el propio poeta, volveré aquí, y ya para terminar, al Prólogo que Fernando González-Urízar nos hiciera hace 27 años. Y lo hago pensando en que como él nos hablaba a nosotros, entonces muchachos de 19 años, yo que ahora no soy y soy el de entonces (recuerdo el verso de Neruda: “Nosotros los de entonces ya no somos los mismos”), quiero leerle a Jorge Cid, a mi amigo, a mi alumno, el final de aquellas bellas palabras, porque son también mis deseos para con él y los poetas que forman parte de nuestro grupo. A las cuatro voces que éramos nosotros, puedes sentirte como una más del coro. Escribe González-Urízar:
“Estas son las cuatro voces que se empeñan en dar razón y testimonio de sus vidas, de sus sueños y anhelos.
Todas ellas distintas y semejantes, una de otra. Oscilando entre la pura carnalidad y el vago sopor de la niebla.
María Elena Gutiérrez, Tulio Mendoza, Juan Otaíza y Ricardo Torres, [y Jorge Cid y todos ustedes, poetas presentes], ensayando sus plumas en el vuelo, sus manos en el hondo tañer. El tiempo lo dirá: quién persevera, quién ahonda, quién se quema las sienes y el corazón en esta tarea resplandeciente, la más hermosa y desolada de todas.
Ojalá sean los cuatro. [Y Jorge Cid también] Porque esta sed que yo siento no la cambio por cosa alguna.
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A PROPOSITO DEL LIBRO "INSTRUMENTAS"
de S.J. Villalobos
POST SCRIPTUM
Por Tulio Mendoza Belio
Cuando el poeta S. J. Villalobos escribe: "No creo en el poema escrito con sangre y de pan hambriento. Creo sí, al menos, en el poema que sangra y hornea la revancha del día.", tal vez, en una posible lectura, apunte al sabio consejo de Huidobro: "Por qué cantaís la rosa, oh Poetas, /Hacedla florecer en el poema;". Y es que la Poesía, la otra voz, como la llama Octavio Paz, precisa de una palabra plasmada, de un verbo que se ha hecho carne, que ha sido capaz de transformarse, de ser experiencia y circunstancia, de una palabra que se ha vuelto sobre ella misma para devenir un ser vivo que nos comunique deseos, sensaciones, pensamientos. Sólo así, el poema puede estar en condiciones de sangrar y hornear la revancha del día. Esto que afirmamos y que se desprende de las palabras de S. J. Villalobos, nos muestra claramente, y nos demuestra, la conciencia que él tiene de la creación poética y del oficio del poeta.
A partir de esta consideración, se entiende que el trabajo que presenta en este libro llamado Instrumentas (monumentos literarios de la antigüedad, del latín, en la época de Tertuliano), y que él ensaya "contra el epígrafe y el baldío pie de página", sea un proyecto unitario y coherente en su formulación poética y en sus objetivos temáticos. También el poeta afirma que lo que lo "incita a instrumentar la hoja en blanco - fuero y dominio de fulano, estoicamente venerada por mengano- es la transnacionalización del bosque austral" y otros asuntos ya explicitados en sus propias palabras iniciales.
Lárico, ecológico, social, urbano, étnico, coloquial y críptico, el discurso poético de S. J. nos llega como unarenovada carta de presentación de la poesía joven del Norte de Chile. Tiene la fuerza y la limpieza del Harawíku (poeta-trovador kolla, en original kkechuwa), pero un claro sentido contemporáneo que recoge ese cruce de culturas, se hace memoria histórica y nos entrega una nueva visión de mundo.
Su poesía no es fácil en un primer acercamiento: la sintaxis se tuerce en un curioso trabajo de rara dicción y es preciso, entonces, una segunda e incluso una tercera lectura, para alcanzar a comprender el contenido que esa misma forma irradia. Pero esto parece ser una condición muy propia de la poesía o, al menos, de cierta palabra poética. Villalobos se complace en trazar los fragmentos de una historia que va dando cuenta del paisaje anímico de su propia circunstancia, ya que todo poema surge de una circunstancia particular (Goethe dixit, Octavio Paz dixit): "y en pasado rescribo el mañana -nombres y estancias" y leemos: Chañarcillo, Copiapó, Caldera, Pica, Atacama, Huara, Chañaral, Potrerillos, Pachamama; "la sequía es la veta arisca/ de minero"; "Puro Chile es tu cielo silenciado"; "-y qué la vida, qué la muerte si la mina/ clausurada,"; "la muerte vivifica la palabra de los pueblos mineros"; "¡que ninguna mujer ose opacar el alma de la veta!"; "Brindemos por los santos piques, la muerte/ clavó sus pijamas de madera..."; "resucita como hiel Lázaro indio/ del amor en rukas y catedrales"; "1942 - 2002"; "-si/ nada es lo que parece, desnuda/ sin cirugía el alma a este pueblerino en el asfalto"; "quién otra es la tierra prometida"; "si no fuera porque soy intento de profeta diría/ aterriza: el poeta es reflejo de su tiempo."; etcétera. Estos versos suyos, extraídos en el curso de nuestra lectura, constituyen algunas de sus señales de ruta, indican, de algún modo, un camino a seguir, son los gestos visibles que se articulan en su palabra poética y develan los distintos sentidos que sugiere y, además, son la imagen plural de un sentimiento colectivo que quiere ser memoria.
Esta es una parte del rostro que nos muestra este Instrumentas, primer libro de Villalobos poeta, primer intento individual para ingresar al amplio y variado mundo de la poesía, con sus diferentes cuerdas y tendencias. Él se ha esforzado en entrar por la puerta estrecha, no por la ancha del facilismo, el lugar común, la imagen gastada y el cansancio de viejas fórmulas. Lo hace apostando por un nuevo discurso, inserto, evidentemente, en la tradición. Valioso es su proyecto, interesante su escritura y meritorio su mensaje. Nos congratulamos de acompañarlo y de ser parte de su ingreso a la Casa de la Poesía.
Hasta aquí estas palabras finales, que no terminales, e invitándolos a leer con atención a este joven poeta, porque como él mismo afirma: "Hay el resto y algo más del principio de nuestro arte."
Y gracias por dedicarme tu poema "Arte y Dialéctica"
Tulio Mendoza Belio
Egresado de Magíster en Artes con Mención en Lingüística (Escuela de Graduados, Universidad de Concepciión)
Presidente de la Sociedad de Escritores de Chile -filial Concepción.
(Premio Literario Nacional Oscar Castro Zúñiga de Poesía 1998 y 2001).
Concepción de Chile, 15 de diciembre de 2002.
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