Una vez más, la Academia Chilena de la Lengua sesiona en Concepción. Ya va siendo un lugar común, ya va siendo también un tiempo común, el tiempo de los desalojos del alma. La Universidad de Concepción nos recibe una vez más, en sus venerables espacios, con hospitalidad fina y sin reservas. Para estos, sin reserva, desalojos del alma.
Han sido, en los últimos tiempos, lingüistas de fuste los que se han sumado a las premoniciones de la Academia. Hoy lo hace, con todo su cargamento de transfiguraciones, un poeta mayor, un poeta originario, un poeta de autoctonía de la palabra, la única, la severa, la que “dice” el mundo, la que “nos” dice. La poesía no puede sino ser mayor, originaria y autóctona, anunciante. “La Poesía – ha escrito este poeta- me es necesaria como unas piernas húmedas tendidas sobre la arena caliente. Vivo en poesía como un beso rojo que enciende su lengua en la mitad de la noche”.
Decir que la Academia se regocija en este instante no es decir nada. La Academia renace ahora, una vez más, en su perpetuo constituirse con estos renuevos que la reverdecen. Me gusta la palabra pámpano con su semántica, “sarmiento verde, tierno y delgado, o pimpollo de la vid”. Me gusta la palabra pimpollo, de pino y pollo, pino nuevo. Me gusta la palabra vástago “renuevo o ramo tierno que brota del árbol”. Me han pedido estos días que apadrine tres palabras en peligro de extinción. Campaña ingenua, romántica, he dicho, que encabeza el presidente del gobierno español, y que aplaudo por lo que conlleva de preocupación por nuestra lengua materna. Pero inútil: no es así como se “enriquece el vocabulario”, no es así como nos enseñoreamos de la palabra. Mientras haya poetas poetas no habrá palabras en peligro de extinción. Sí, me gustan las voces de origen árabe. Almadraba y almazara deslumbran en sus contextos populares entre atunes y aceites. Pedregal me encanta. Parronal… A las semilla no les gusta viajar, sino dormir, y no germinan inmediatamente después de haber caído de la planta. A eso llaman dormición, y es palabra que me alucina, cuando en la tradición ortodoxa se habla de la “dormición de la Madre de Dios” para referirse a su tránsito. Todo esto me resulta hermoso. Pero más hermoso y gloriosamente anunciador me resulta cuando ingresa un poeta poeta a la Academia, como acaece en esta tarde.
Hoy lo hace Tulio Mendoza Belio. Poeta, escritor, gestor cultural, editor ejemplar (ahí están las ediciones Etcétera, semillero de escritores), penquista de Rancagua, abierto de par en par al arte, a la pintura, al violín, al tango. Se nos incorpora con todas sus “ventoleras” como se nos incorpora, en cada poema, el gran Gonzalo Rojas. Se nos allega, no como allegado, sino en plenitud, con una larga, enorme, lista de “merecimientos”. Ya lo oiremos de parte de Ernesto Livacic, quien lo recibe. Pero a mí, en lo personal, y no queda más remedio que ser personal, con perdón, …a mí me basta con la lectura de un poema, en que, como en todos los poemas de Tulio Mendoza, como en esa espléndida, material y éticamente gozadora, de gozaduría exquisita, obra de 2005, En tu hermosa materia, hay mucho cuerpo, como en gran parte de su escritura, en que Eros y Thánatos (¡cómo estás presente Fernando González Urízar!) ocurren nuevamente con renovado enfrentamiento discursivo. “¿Cómo quieren que se recuerde su obra?, le han preguntado. Y el poeta ha dicho: “Como lo que es ella misma, una celebración de la vida contra la muerte, una moral del placer (que es el tiempo de la dicha y la utopía) contra el oscurantismo y el frío”. En Arte poética nos interpela:
Cuerpo el poema, cuerpo la palabra
cuerpo, cuerpo la noche del sentido
Como en todo poeta poeta aquí la intertextualidad retumba, tanto la explícita como la implícita. Porque la gran poesía no es más que una delicada urdimbre de resonancias, refundiciones, paráfrasis. La poesía de Tulio Mendoza esplende en evocaciones reprocesadas, enfrentadas en feroz lucha, expandidas, “sumarizadas”, por decir lo nuevo. Aquí emergen, a través de epígrafes, ecos y guiños, los murmullos de Scarpa, de Gonzalo Rojas, cómo no, de Virginia Wolf, de Safo, de Octavio Paz, de Verlaine, de Rimbaud, de Cernuda, de Lihn, de Marguerite Yourcenar, de González -Urízar, cómo no. Y claro que está el “cuerpo cuerpo” de Gonzalo Rojas:
¡Ay cuerpo,
quién fuera eternamente cuerpo!
(Fascinación)
Estaba viendo el puterío por la TV, los cuerpos
de las cuerpas ahí, a un metro
(La zalagarda)
Tulio Mendoza Belio. Poeta, escritor, editor, gestor cultural, profesor universitario, traductor y un extensísimo etcétera. Pero a mí me basta con un poema que ha iluminado una tarde incierta. Me basta con el poderío verbal de un poema, en que se descalabra con majestad el idioma. Tartamudeo. Está naturalmente el contrapunto intertextual explícito con Gonzalo Rojas. Lo dice su advertencia: “Paráfrasis de “El Fornicio” de Gonzalo Rojas”. Ocurre limpia la estructura agramatical de Rojas: “te turbulentamente besara”. Pero hay mucho más, muchísimo más. Hay tartamudeo, no sólo el tartamudeo latente de todo poeta, sino el silabeo patente, explícito en la materialidad del poema. Acaso la poesía no sea más que un paciente oficio lingüístico parafraseante y tartamudo…
Te me fueras invertebrando sin tregua
en el combate hasta te desaparecer,
te me súbitamente fueras perdiendo
pajarita entre las sábanas
que debiera te llorar
…
me tan tan sosolo dejaras que
que que tutuviera que te grigritar.
Y con esto me basta. Tulio Mendoza Belio hace a la ciudad, hace a Concepción, la hace inédita y no dicha. Por estos desalojos del alma, porque renuevas la ciudad poética con nobleza, con rigor, con ética, te invitamos a la Academia Chilena de la Lengua, siempre en trance de renovación, como la lengua misma que no es más que un puro desalojo del alma.
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